26 enero 2013

Rafael Jiménez, "Cabo de Gata"





CABO DE GATA


Un parque es recinto cerrado. Cabo de Gata no es un parque ya que su verja se abre a golpe de palpitaciones. Corazón.
Impresiones. Salinas, bañeras de aves zancudas donde el fruto salino es lamido y purificado en el crisol de Hermes, sol de cada día.
He traído mi cuaderno de bitácora grabando mi caligrafía de sentimiento. Sepultura de arena. Un libro desnudo, impaciente de letras que son arrojadas, como gotas de agua, en la costra gris de la salina, donde pitas agachadas por el viento y flamencos sin duende, aunque de luengas patas, estalactitas caprichosas, moran hallando entre las raíces de la lava las ágatas mitológicas. He decidido viajar hacia lo más profundo del vacío; hacia mi locura. No soy argonauta ilustre, no cabalgo en montura alguna ni tomo un vapor. Camino solo, de pie, con el ánimo de describirme en los espacios.
Impresiones. Viento gritando el ancestral dolor de sus hijos, los pescadores, siervos de las sirenas y una tortuga marina enterrada sin dalmática ni lápida en el recoleto cementerio de cal.
He llegado al fin del mundo porque una esquina cualquiera no tiene por qué ser miliario de piedra o dar la vuelta al mapa. El primero, fue un pergamino con provincias y accidentes del camino con sabor a calcomanía y colgado en un lateral de telarañas sapientes donde niños uniformados declamaban ríos y lagos, golfos y cabos. Cabo de Gata. Desde entonces la sequedad de mi boca después de perder tus besos, me ha acompañado prometiéndome a mí mismo hallar el río Leteo en este desierto del sentimiento. Ahora, la imagen es real. Es una antigua tarjeta postal hallada, quemada por el sudor, aliñada de recuerdos y una despedida inventada. Camino por mi alma, sin descanso alguno, excitado y sediento toco la puerta de retamas, campanillas y espliego. Me abre la luz y una dulce melodía de xilofón anuncia mi presencia embargada ya por una brisa de un mar oscuro de azules. Mis pasos se acercan a la montaña aunque antes voy a sepultarme en el altar de sílice porque soy piedra telúrica, pequeño fósil atrapado y confinado en las viejas rocas vomitadas en el naciente Universo. Piedra parida por los terremotos, lances amorosos de la Tierra.
Impresiones. El camino a la sierra es ganado a través de una solitaria y ululante iglesia con torre de Babel adosada que cree entender las lenguas de las aves. Su basamento de sal y aguja rutilante desafía a las débiles y holgazanas nubes. Dicen los antiguos que fue construida por todos nosotros, bloques de sal extraídos de los pechos de la mujer de Lot. Se aleja de mi sombra, no miro hacia atrás. No es asilo sino un monumento y ofrenda a la mar ya que será tragada por el piélago al final de los tiempos.
Han pasado varias horas y sigo sudando por los poros de mi caverna interior. No se mueve nada, encuadre perfecto para mi retina en blanco y negro, a no ser por el lagarto verde y siena que finge mirarme sorprendido hace rato. Supongo que he violado su santuario o los espacios gravitatorios del bicho en su afán de descubrir la esfera armilar oculta entre las infinitas fantasías de la roca. Quiero hablarle mientras levanto mis cansados huesos aunque, me resisto a justificar mi presencia El sol está en su cenit y no he logrado llegar a la cima. Entre rocas pardas manchadas por una vegetación raquítica, saco mi cuaderno. No he escrito nada y las únicas impresiones que regalo a mis perturbados sentidos se las dedico al mar. Ahora, a medida que asciendo, mi lobreguez se alarga y contorsiona a merced de los hilos de oro, deformándose en un punto de fuga con el gigante varado en la sartén de sus pensamientos y campana etérea de viento en la lejanía.
Impresiones. Todo se hace pequeño conforme tocamos el cielo.
He llegado a casa. Teseo, hijo de Egeo, ve como éste no se lanza al mar y Penélope se ha desposado con un oscuro pretendiente. Vuelve a la mar. Vértigo de verdades y leyenda de lo que nunca fue. La caracola de Josué barrunta una sinfonía de réquiem rompiéndose la muralla hacia dentro. Corono la cima del sueño. Soy un punto geodésico aunque no figuraré en ningún portulano del corazón. Desde aquí, ágora de filósofos y virtudes teologales de los amantes naufragados, me persigno con la señal de tu cuerpo. Desde aquí, bebo tu sangre y como el pan de tu sexo. Proclamo entre gaviotas y seres celestiales, mi amor por la vida y lanzo estas cenizas gritando tu nombre.



Algún día volveremos a vernos en la arena

© Rafael Jiménez, 2013

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