20 mayo 2012

Celia Gómez, "Nada me ata a esta ciudad de sal"


Nada me ata a esta ciudad de sal

El anhelo hunde mis sienes. Me derrota y me destroza.
Una desnudez se apodera de mí,
evidenciando tristes árboles en constante renovación;
la palidez de la jaula es infinita.

Veo huracanes rojos en la boca ajena
y esos vientos me arrastran lejos, me miran desde el ópalo radiante.
La montaña clava sus uñas duras en mi esternón.
El paisaje asciende, pues ¿qué quiere el cielo
sino brillar?

Soy el vilano sin rumbo, la ingravidez,
la sed sin caricia.
Nada me ata a esta ciudad de sal.

Una voz me llama, una voz que me renace y me besa.
La única forma de cerrar una puerta
es abriendo otra.
Pero mi hogar no está aquí, en el amor de las costumbres;
mi hogar es otro y yo lo elevo y lo persigo.
Lo elevo tanto.

Mira mis manos: se desvanecen. Desaparezco.
Este cuerpo no me pertenece.
No existo, soy sólo visión.

La herida abierta se desborda en manantiales
mientras la luna supura por los diversos poros de la piel.
Nunca he sido fuerte; ahora se acaba
la arena del reloj.
Y corro hacia los brazos del amado, pero el amado ya no me espera.

© Celia Gómez, mayo 2012 

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