07 enero 2011

David del Monte, "La calle infinita"


LA CALLE INFINITA

La noche clara invitaba a perderse
y el cuerpo salió a la calle,
vagabundeando, inerte.

Mirada baja y caminar sereno,
paso a paso avanzaba
borracho de deseo.

Una calle infinita
que se presenta descarada,
que se alarga y se alarga
y se ríe a carcajadas,
pues donde parece que todo
en una plaza acaba
dulcemente une dos calles,
así enlazadas.

Pasos que perseguían la Luna
perdiendo el sentido,
unos pensamientos que divagaban
entonces, fuera de sino.

El tiempo se cernía,
apagando la luz de la noche,
la mar lo engullía, mientras…
su mirada se resistía.

El horizonte lejano
de ese mar embravecido,
darse cuenta le hizo
de que había cruzado el infinito.

Bajó su cabeza
y los pasos dejaron de ser iguales,
había  descubierto
que el horizonte tenía fin.

Marchó apesadumbrado,
con los hombros caídos,
tras percatarse del paralelismo
de la vida y la calle,
y de la finitud de las mismas.

Y sin embargo,
mientras tanto pensaba
que qué grata sorpresa era encontrar
la salida a este laberinto
a través de una calle infinita.

© David del Monte, 2010
 

4 comentarios:

  1. Sin duda lo más valioso de un laberinto es saber que tiene una salida. Enhorabuena

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  2. Muchacha de portal8 de enero de 2011, 10:26

    Me gusta La calle infinita e ir descubriendo a medida que leo, renglón a renglón un mundo infinito, mientras lo veo a él, saliendo a la calle vagabundeando, inerte...Saludos a los poetas argáricos...

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  3. Lo mejor de perderse es que te encuentras a ti mismo...
    Bonito poema :)

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  4. La idea y parte de algunos versos, la esencia quizás del poema, se tomó prestada de los dos poetas argáricos más destacados.
    Me alegro de que os gustase.
    Un saludo: hola!
    =D

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