09 enero 2011

Antonio Navarro, "Dolores"


Cada uno tiene que cometer sus propios errores si quiere aprender.
Por ello, censuras y prohibiciones no hacen más que retrasar la maduración, como la ausencia de sol y polvo para los melones que se cultivaban de forma natural, en el campo libre, sin la protección ni la presión del plástico.
Dolores (su nombre presagiaba ya una vida de pocos placeres) vio cómo la vida, desde muy joven, iba aportando verdad a su nombre. Aunque nació con la primavera (se puso de acuerdo para nacer cuando la primavera de 1912 también veía la luz), la estación florida de su vida duró un suspiro, un hondo suspiro que cuando se lo escucho a su hija me evoca a Dolores.
La Dolores” cometió el error de alinearse siempre en el bando de su padre cuando su kafkiana progenitora montaba en cólera contra aquel santo, llamado Andrés.
Siendo Dolores una hermosa mujercita de quince años, de pelo negro como su destino y azules ojos, como el mar de lágrimas que la vida le haría verter, su inocencia natural le jugó una mala pasada, que marcaría su vida. Corría el año 27 cuando comenzaron las obras de la vía de ferrocarril del trayecto Baeza-Utiel. Esa vía pasaría a 200 metros del cortijo en que Dolores comenzaba a ser toda una mujer, presa en una mente aún infantil, pero sin nada que envidiar a veinteañera alguna. 
Esa madre Kafkiana, oriunda de la Sierra de Segura, hacía honor a su procedencia geográfica comportándose como una “serrana”, equivalente en su pueblo, Beas de Segura, a “mujer trabajadora, avara y buena en los negocios”. Por ello no dudó un momento en alquilar habitaciones de su cortijo a trabajadores de la vía del tren, que hoy serían “niños de veintitantos” que vivirían en casa de sus padres, pero que entonces eran hombres ya muy “corridos” (perdón si suena mal, pero es una palabra polisémica que puede y debe entenderse en toda su extensión).
Uno de esos huéspedes reparó en la niña nada más conocerla. En cambio él, cuyo fenotipo puede observarse con detalle contemplando a este viejo aprendiz de escritor, no lo tenía fácil para enamorar a aquella inocente preciosidad. Cecilio, que así llamaban al operario de la vía férrea (tan férrea como su resistencia a la adversidad) le hablaba a Dolores de solidaridad, justicia, ayuda a los necesitados… Dolores escuchaba y se empapaba de dichos pensamientos, que jamás la abandonarían.
Y entre discursos, lecturas de poesía, novelas, dramas… en aquellas largas veladas de pobreza y candil, la niña iba dejando atrás su niñez a medida que descubría al otro lado de la torcida del candil chirriante chispeantes sonrisas enamoradas que, como por arte de magia, de la magia del corazón, se había construido una casa en el corazón de la mocica sin que la quinceañera hubiera podido (ni tampoco querido) evitarlo.
No se sabe, porque la serrana ya no podría contestarnos, si la alcoba de nuestra “Niña Lola” estaba en la segunda altura del cortijo por necesidades de organización doméstica, o por cuestiones de inaccesibilidad al cielo: tres doncellas compartían aquel cuarto (y no me refiero al cuarto en discordia, sino a aquel dormitorio con dos camastros de farfollas). Tranquilo, lector con el ceño fruncido: Dolores tenía dos hermanas pequeñas, que compartían cuarto, para así dejar libre alguna habitación con el fin de alquilarla. Ya conocemos a las serranas. Pero ser avara no implica ser lista. Puso cerradura a la puerta de la alcoba; en cambio olvidó poner reja a aquella altísima ventana. Pensaría que un hombre gordito, que no cabía por aquella ventana, no se iba a arriesgar a colarse sin ser invitado por un acceso por el que no cabía su vientre, pero por el que su pecho tiraba de él para que entrara en el cielo, ese cielo de huríes sordas por su profundo sueño infantil y de farfollas malsonantes entre sordos jadeos de amor.
Tanto va el cántaro a la fuente, que un día cualquiera se derrama. La cántara se asusta cuando ve que para ella la luna no tarda ya veintiocho días en dar la vuelta alrededor de la tierra, sino que parece haberse quedado paralizada en un punto de su órbita, y que esa órbita podría demorarse incluso diez meses. Es el mundo patas arriba. ¿Qué iban a hacer?
No tuvieron muchas opciones. Las dimensiones de la ventana no daban mucho espacio para pensar durante mucho tiempo, puesto que, si eran un obstáculo para entrar, también lo eran para salir, y el vientre de Dolores cada día se aproximaba más al de Cecilio. De modo que una noche aquella vieja escala de madera de subida al cielo sirvió de descenso hacia la huida, huida de la viperina lengua de la serrana, de las bífidas lenguas de la gente de la comarca, de las maledicentes “sinhueso” de las vecindonas, que daban tres cuartos al pregonero, especialmente en ese momento de dictadura de Primo de Rivera, anticipo, para ir abriendo boca, de la represión que les esperaba pocos años más tarde. ¿Adónde les llevaba esa huida en esa cárcel social que casi siempre fue España?
A casa de los padres de Cecilio, que, habiendo tenido trece hijos, acogieron a Dolores con placer, como madre de su futuro nieto (un nieto que resultó ser nieta, que vino al mundo el 30 de enero de 1930), y como mujer de su hijo, Dolores aún no había cumplido dieciocho años. La mayoría de edad legal estaba en los veintiuno (si es que las mujeres tenían mayoría de edad legal alguna vez). ¿Por qué aquella niña fue inscrita en el Registro Civil con el nombre de Consolación, si no tenía nada que ver con Utrera?
La respuesta está en aquella casa bulliciosa y llena de cariño y pobreza en la que vivía una chica alta, muy guapa, morena, condenada a la soltería porque había nacido, como un macabro símbolo de su familia, con la mano izquierda fuerte para trabajar y dulce en las caricias y los abrazos, pero con el brazo derecho acabado en un pequeño muñón por debajo del codo. La derecha no existía en esa chica, llamada Consolación. ¡Cuántas veces le hice recados y me reía con ella, y ella conmigo! Tanto quería Consolación a su de hecho, que no de derecho, cuñada Dolores, y tanto adoraba a su hermano Cecilio, que no habría habido en el mundo ninguna persona más apropiada para amadrinar a la pequeña recién nacida. Y, claro, le impuso su nombre. Eso de los nombres es relativo: una bella persona embellece un nombre feo, y un nombre precioso puede ser mancillado, algo muy frecuente, por una persona maléfica. De hecho, las personas que más influencia han tenido en mi vida, aunque a uno de ellos no lo pude conocer, han tenido Cecilio por nombre. ¿Y qué pensaba de todo esto la serrana Julia?
Cuando una chica joven “se iba con el novio”, tenía que pasar un tiempo, algo casi estipulado por la costumbre, antes de que sus padres “la perdonaran”. En ese tiempo, Cecilio y Dolores no perdieron el tiempo, puesto que, cuando volvieron a “pedir perdón” a su madre, una nueva criatura había visto la luz. A esta criatura la llamaron Felipe, como el único y maravilloso hermano de Dolores, que trágicamente “desaparecería” durante la Guerra Civil. Nunca conocí una persona que, comida de dolores de artrosis e insulinodependiente, conservara su sonrisa, su simpatía, su bondad y su buen humor en todo momento. ¿Cómo los acogió la abuela por partida doble?
Les dejó habitar una parte del cortijo, a cambio de trabajar para ella siempre que a ella le apeteciera. Los acompañaban en este viaje de vuelta no sólo los pequeños Consolación y Felipe, sino María, Madre de Cecilio, y Consolación “La Manca” (el apodo fácil para la gentuza sin sentimientos). Ella nunca quiso ni tuvo novios, siempre escondiendo su brazo derecho bajo una toca, una mantilla… Pero la vida le tenía reservado un marido que nunca antes fue novio. Entre 1933 y 1941 vinieron al mundo cuatro churumbeles más: Francisco, Julia (para contentar a la serrana poniendo su nombre a una nieta), Andrés (como el santo varón progenitor de Dolores) y… mi tío Cecilio, la persona más sufridora y graciosa del mundo. ¿Por qué una persona tan necesaria en mi vida se me fue sin avisarme y me dejó tan desprotegido en la vida?
Durante la fatídica guerra, muere el abuelo Andrés de apendicitis, lejos de su casa. Cuando lo supieron, ya estaba enterrado (no había teléfonos móviles para avisar a sus familiares). Muere el genial Felipe y deja a su madre aún más sumida en la tristeza, así como a sus hermanas pequeñas, y sobre todo a la mayor, Dolores. Pero no eran las muertes de su padre y de su cariñosísimo hermano Felipe las únicas que iban a marcar su vida. (Siempre me decía: “Hijo mío, la muerte forma parte de la vida, y puede llegarnos en cualquier momento. Hay que llevarse bien, que sólo se vive una vez.” Estas palabras nacían de sus entrañas, de su vida, marcada por la muerte de sus seres queridos. Y para mí son una guía de autoayuda en mis muchísimos momentos bajos, o de bajón, como dicen mis alumnos.) Nada más terminar la guerra, en 1940, alguien acusó a Cecilio de “socialista”, algo que debe de ser delito, por lo visto. Por supuesto, no pudo defenderse, fue encarcelado, apaleado en la cárcel y muerto a los once meses de su ingreso en prisión. Tenía sólo 37 años. Dejó viuda de 28 y seis hijos, a merced de La Serrana, y sin más fortuna que el día y la noche. Nunca se supo dónde lo enterraron los funcionarios de la prisión de Jaén. Mi abuela Dolores supo la noticia por un paquete de correos que venía a su nombre y que contenía ropa y enseres sin valor económico de Cecilio. Hasta ahí llegó la vida del amor de su vida, aunque ese amor fue la estrella que guió sus pasos hasta el final de sus días. Nunca tendría cabida otro amor en su vida, a pesar de sus muchos pretendientes.
Corría el año de más hambruna de toda la postguerra, 1946. Ya eran cinco años de viudedad, de trabajar para su madre, ella y los niños. Un buen día, su hijo Francisco se siente mal. Gripe. A pesar de la penicilina, un buen día, estando ella en la cabecera de la cama del niño, sola en el cortijo, su Kiko dejó de respirar para siempre. Dolores, con todo su dolor acuestas, tuvo que dejar al niño sobre la cama y usar sus conocimientos de modista (profesión que ejercía en su viudedad) para coserle una mortaja blanca, como correspondía a la pureza de un niño de 12 años. Otro ángel que se le iba a su hábitat natural.
Pero no había tiempo de lamentos. Tenían que comer ella y las cinco razones de su vida. Para ello, de día trabajaba en el campo, y de noche coser para los señoritos ricos del pueblo. Hoy se habría forrado, pero entonces, a cambio de un día de costura, en casa del señorito, recibía por todo honorario un puñado de garbanzos duros (que ella ablandaba con bicarbonato) y un botecillo de aceite de oliva ya usado, para que al cocer los garbanzos se pusiera el caldo blanco, y pareciera cocido. De nuevo, el candil iluminaba sus veladas de costura: sus hijas le acercaban el candil a la tela para que viera coser con su luz. Habían pasado los años, y volvía Dolores, con dolor, a ver los ojos de su Cecilio tras la trémula llama del algodón, ahora reflejados en los ojos de sus hijas.
Fue tanto el amor que vivía dentro de “Madre Lola” que, cuando su hijo Cecilio le proponía irse a Barcelona con él, para quitarla de trabajar para siempre, ella respondía que no se iba a ningún sitio mientras viviera su madre, que murió, entre algodones, en la cama de su hija Dolores, en 1961. Desde ese momento, siempre vivió a caballo entre Barcelona y el pueblo, siempre vestida de negro, siempre suspirando, pero siempre fuerte, muy fuerte. Tuve la suerte de pasar parte de mi infancia con ella, de la que heredé mi parte espartana y estoica. Aunque lo que más le agradeceré siempre a Dolores fue que pariera a su cuarta hija, que de su abuela sólo conserva su nombre. Es una síntesis de la bondad y ternura de su abuelo Andrés, su padre, su tío Felipe y su hermano Cecilio, hechos mujer. De su madre y su abuela ha heredado su gran capacidad de trabajo, su estoicismo ante la adversidad y las dificultades, y su relativización de la muerte.
Tenía Dolores 71 años cuando de nuevo la desgracia se cebó con ella. Una palidez pertinaz, y unos repentinos mareos llevaron a su hijo Andrés a visitar un hospital. Se trataba de un tumor cerebral, con metástasis en los pulmones. Durante cuatro meses permaneció, después de tantos años, en la cabecera de la cama de su hijo moribundo. Murió en sus brazos. Ella tardó en superar aquel golpe, con ayuda del cariño de su gran familia, pero muy especialmente de su hijo pequeño, Cecilio, con el que vivió durante veintinueve años, ya que estaba soltero, y era su “ojito derecho”. (La entendí siempre, porque mi tío Cecilio fue siempre fundamental en mi vida, aunque él lo supo sólo al final.)
Endurecida por tantos golpes, pero con su ternura de siempre en el rostro, y repartiendo cariño entre sus nietos y biznietos, se hacía mayor muy poco a poco: conservó negro su pelo siempre. Y esos ojos azules fueron mi envidia hasta el último momento. Corría el año 1990. Dolores y su hijo Cecilio venían a pasar el mes de agosto, como cada año, al pueblo. Ese año mi abuela se vino una semana antes, con un sobrino suyo. Y Cecilio venía el día 10 de agosto. Pero no fue posible. El día 7 de agosto, descargando unas parrillas de acero en una obra, el brazo de la grúa de su camión, con la carga de acero en su extremo, hizo volcar el camión, y él quedó entre el camión y el suelo. Allí acabó la vida de otro de sus ángeles. Ese verano, su nieto, este aprendiz de “cuentista”, se fue un mes a Barcelona, a acompañar a su abuela Dolores en el dolor, entre los recuerdos de Cecilio. A veces, recordando sus bromas, su cariño y su buen humor, a pesar de su triste vida, Madre Lola y yo nos reíamos. Aquel mes mi abuela me enseñó muchas cosas. Tras un año viviendo en el piso de su hijo, decidió volver al pueblo, con mi madre (la única de los cinco hermanos que no había emigrado a Barcelona), a sus raíces. Jamás quiso volver a su cortijo, que duró en pie mientras vivió Dolores. Sobrevivió a su hijo aún siete años. Conservó su fuerza, sus ganas de vivir. Me amenazaba con vivir 100 años, aunque no pudo cumplir su amenaza. A mí me habría encantado. Pero nunca se sabe lo mejor. Si hubiera vivido seis meses más, habría visto morir a su hijo Felipe. Ya estaba bien. Los “Dolores” corroen el alma, y su alma estaba cansada. Era hora de descansar.
© Antonio Navarro Sánchez, 2010




Imágenes de http://matocaan.blogspot.com/
 

1 comentario:

  1. Un abrazo Antonio. Gracias por compartir esta historia.

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