09 mayo 2010

"El lector de poemas"/ "La lectora de poemas"

El lector de poemas


     Lo amé por primera vez en una tarde lluviosa,
aunque él no me conozca,
amé sus rizos cayendo sobre la frente,
sus ojos apaisados,
su postura al girarse por alguna interrupción:
alguien que pasa, una música lejana que suena,
el sonido de la lluvia en el cristal.

     Lo amé mientras leía algún viejo poema,
sus grandes ojos fijos,
su forma de mirar esa cuartilla amarillenta
de un libro de segunda mano,
un libro que alguien olvidó en alguna librería.

     Amé esa sonrisa,
aunque él no me miraba.
Yo, anónima mientras él se sumergía en ese mar azul claro
que puede suponer una lectura,
él transformado, nadando en un cuadro de Dalí.

     Todas las tardes creé
ese pequeño microcosmos en torno a él,
ese universo sin medida,
en el que seguramente usted,
lector, también habrá estado alguna vez.

     Todas las tardes lo busqué con la mirada,
sin que conociera mi nombre,
sin que supiera de mí.
Todas las tardes sonrió,
al pasar una página,
al saberse observado.

© Virginia Fernández “El lector de poemas”. 04.05.10


La lectora de poemas
                                                                                                  Para usted, tan poeta, tan usted.
 
     El sol de la tarde hace quiebros en el cristal
y esgrime matices dorados en su pelo,
dulcemente ondulado.
Ella, toda absorta, labra surcos
con sus pupilas en un libro de bolsillo,
ajado, tantas veces leído, tantas veces meditado.

     De vez en cuando acerca una mano
con sortijas de bohemia
a una taza de café, con leche fría, al gusto.
Ha elegido la mesita del rincón
desde donde se divisa el trasiego humano
del viejo café Colón. Levanta su cabeza
y su perfil dibuja una silueta
digna de Gustav Klimt sobre la pared,
dándole aires de galería de arte.

     Parece meditar en ese momento,
y sus traviesos ojos azules reflejan
el relieve sinuoso de unos versos, la tibia voz del poeta,
veleidades retóricas y argamasa de nubes
que le hacen fruncir graciosamente el ceño.
Respira profunda ante imágenes
que cobran vida, de esas que no se olvidan.

     Ella podría recitarte de memoria
tantos versos escogidos,
tantos pasajes memorables...
Ella, que siempre soñó con vivir
en la luna de porcelana de los poetas,
ella, que ama escuchar en el coche
las canciones desgarradas de Antonio Vega.
Ella, la lectora de poemas.


© Francisco Vargas. Madrugada 4.5.10.

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