25 junio 2009

Isabel Coixet: “Me dan miedo los domingos”


Composición de domingo

Me dan miedo los domingos.
No sé cómo decirle,
cómo explicarle.
Me gustaría describir
el por qué de los teléfonos rotos.

A veces extraño una nube
de Magritte,
o simplemente su calor de usted.
Su silencio consentido,
su sabor.

Me dan pánico
los domingos por la tarde,
y no alcanzo a poder
relatar la razón fundamental
de ese desasosiego,
esa inquieta nostalgia
de los centímetros de su piel.

¿Cómo convertirme
en estación de tren
en esos días de domingo?
¿Cómo ser mañana,
para dejar de ser
por un instante vacío y soledad?
¿Cómo explicarle?


© Virginia Fernández “Composición de domingo”. Fragmento de Diarios de usted.







Tic, tac, tic, croc.




Un giro de muñeca preciso, otro y medio más, la tuerca se encaja en su destino se le oye suspirar de satisfacción, parece como si se sentara en su sillón preferido con la intención de no volver a levantarse, lo cual me recuerda al domingo ¿quién me ajustará a mí? Subo la mano por el camino más corto hacia la siguiente tuerca, esta necesita un poco más de presión y me siento importante, casi realizado por comprender la necesidad de esa otra tuerca. Así una tras otra sin levantar la mirada apenas, alguna que otra vez para oír con los ojos el tic, tac del reloj que preside la sala de montaje de la quinta versión del mismo automóvil de siempre, cambiado cinco veces por fuera pero con las mismas piezas de siempre. Son como de la familia.

Ahora que recuerdo, este domingo viene mi familia de visita, son piezas desgastadas que tienen la manía de pelearse por mi sillón favorito (qué suerte tiene la tuerca) y que me obligarán con sus comentarios cargantes y aduladores a cocinar una paella para siete personas.

Siete son los días de la semana y el último es domingo y luego comienza otra semana y siete días después otra vez domingo... El domingo próximo no vendrá mi familia pero sí tendré mi sillón en el que hago como que leo el periódico mientras mi mente trata de viajar por mi existencia intentando averiguar quién gira la llave de tuercas hasta siete veces para que quede completamente encajado, sin opción a revelarme, siete veces exactas repartidas en periodos iguales al son del tic tac del reloj de la fábrica que llevo incrustado en mi estómago como si un hábil cirujano me lo hubiese colocado al nacer, ya que si hubiese sido después me acordaría.

Despierto de mi viaje cuando oigo las campanas de la iglesia que cada domingo suena, también suena a veces entre semana según me han dicho los vecinos pero como yo no estoy en casa... Para avisar a las piezas del barrio que el séptimo día de la semana es para descansar. Yo fui una vez a la iglesia pero allí no tenían sillones confortables como el mío, tan solo unos bancos de madera con unas agresivas aristas que ladraban a mis espinillas y a mis rodillas. También había un reloj de pared muy serio que hacía coro con su tic, tac y el sermón del cura que pregonaba no se qué de resignación....

Ya voy comprendiendo por qué me dan miedo los domingos y no es porque al día siguiente llegue el lunes y tenga que ir a trabajar a la fábrica; a estas alturas del relato ya has podido comprobar el nivel de satisfacción que encuentro al darle a cada tuerca lo que necesita. Pero reconozco que cada día que empiezo la jornada y voy sintonizando apriete de tuerca con tic tac de reloj, tengo la esperanza de encontrar una tuerca con algún defecto que rompa esa monotonía con su rebeldía, que se caiga al suelo y ruede durante unos metros bajo las estructuras metálicas de la cadena de montaje y oiga gritar al encargado más que al reloj, que comprenda que ese compás entre giro de muñeca y tic tac, se convierta en un tic tac, tic croc y la tuerca que se encaja por sí sola, como teniendo consciencia, justo en el lugar apropiado para que la cadena de montaje se pare y todos los que allí estamos poder pensar un instante un día de la semana que no sea domingo.

Lo peor de todo es que me voy a quedar sin sillón del séptimo día.

Precisamente esto lo escribí un domingo por la tarde. Lo de la tuerca rebelde aún no ha ocurrido.

© Jacinto Barragán Vicaria (Junio de 2009)





Mi padre dice que soy la niña más bonita que él nunca ha visto jamás...

Me dan miedo los domingos. A las diez en punto vendrá, una vez más, besará mis mejillas y sonreirá como si fuera el día más feliz de su vida. Mi madre fingirá estar muy ocupada y tener muchos planes para las horas venideras. Esta mañana se ha levantado más temprano que de costumbre, ha invertido en su pelo más tiempo que de costumbre y su piel luce más firme y más lustrosa que de costumbre. Ella no pierde la esperanza de volver con el único hombre al que ha amado y amará.

Ella no se da cuenta de que cada día que pasa tengo más pesadillas, y como menos y mis ojeras se oscurecen más y más, a pesar de que solo tengo once años. Para ella es normal todo lo que pasa y lo justifica diciendo una y otra vez esa estúpida frase que me resulta tan odiosa: “Está en la edad del pavo”.

Hace meses que me resulta imposible mirar a ningún adulto a los ojos. El más mínimo roce de un hombre hace que mi piel se vuelva como de madera. No puedo sentir, no quiero sentir nada cuando me rozan. Quisiera ser invisible, moverme como una brisa ligera entre los objetos y las personas. No quiero tener estos once indefensos años. No quiero tener manos para tocar. No quiero tener labios, ni lengua, ni más palabras terribles que se enredan en mi garganta y me estrangulan. No quiero tener esta herida entre mis piernas. No quiero tener ojos para llorar. No más lágrimas, por favor, no más llantos ¡No más domingos!

No quiero tener que ir con este hombre al que llamo padre aunque sea mi verdugo.

© Francisco Vargas (23-junio-09)

18 junio 2009

Juan Carlos Suñén: "Uno se queda solo sin entrar en detalles".


Di Soledad, o no, disolución.



Uno se queda sólo sin entrar en detalles, así de simple, no nos damos cuenta hasta que lo tenemos encima, eso que llaman soledad, inaudita sensación, aunque nos rodee una multitud de gente, te encontrarás abandonado en medio de un iceberg, restableciendo
el orden de un universo, de repente y sin esperarlo.
A veces es preferible estar en soledad escuchando por ejemplo Summertime, o cualquier otra canción casual, leyendo un libro, o tomando té, que en un gran tumulto o fiesta,

aunque seguramente también estarías muy a gusto manteniendo alguna conversación filosofal con algún amigo que tenderá a colgar el teléfono en ocasiones muy ocasionales, en un futuro próximo, en las que a altas horas de la madrugada le obligues a hacer alguna confesión inconfesable,
y de repente, “zas”.
Otra vez uno se queda solo sin esperarlo.
Ay, ¿Qué decir? irremediable soledad,
¿Qué sería de nosotros sin ti?
Tantas páginas habrá escritas,
tantos adioses,
páginas abiertas a ciertas consideraciones,
y por qué no decir, restablecimiento
de pesares,
adiós soledad.
Finalmente y con conclusión: Di soledad, o no, disolución.






© Virginia Fernández. “Di Soledad, o no, disolución”.
Almería, 11 de Junio de 2009






“Uno se queda solo sin entrar en detalles”.



- Está bien, es una buena hora... En el café de siempre, sí. Allí podemos hablar tranquilamente... Te noto algo agobiado... No será para tanto... Luego damos una vuelta por la Rambla, te hará bien distraerte...

Al otro lado del móvil se oye una mezcla de gruñido y suspiro que pretende ser una afirmación.

Se acerca la hora de la cita. Voy caminando hasta el centro. Me gusta caminar, necesito caminar, concentrarme en cada paso, en cada semáforo, en cada rostro desconocido que me sobresalta un momento y vuelve a desaparecer. Me pregunto una vez más qué le hace estar tan nervioso y preocupado. Evito las calles demasiado transitadas. Cruzo la Rambla fugazmente, allí siempre hay alguien conocido con el que te entretienes charlando unos minutos. No quiero llegar tarde, esta vez parece importante. Un amigo me necesita, lo dejo todo y acudo, ya veré cómo puedo ayudar. A la altura de la Avenida de la Estación miro fugazmente el reloj. Aquí es, he llegado.

El día se va poniendo oscuro y espeso, como el café solo que me acaban de servir. Al otro lado de la mesa J.M. mira fijamente la etiqueta de su Mahou (no había Cruzcampo, se siente). Parece que quisiera encontrar ahí escritas las palabras exactas. Palabras que sean capaz de dar forma a sus pensamientos.


Por un momento pienso que esa mueca de su boca es el gesto ritual de compartir su secreto. De comenzar el juego de las almas comunicantes. Nada... Falsa alarma. Se demora mirando aquí y allá; más allá que aquí. Especialmente ese allá donde una camarera nueva con exceso de rímel se deja acariciar con la vista.

Empiezo a impacientarme visiblemente. Mi taza de café ya está vacía. He agotado todos los temas de cortesía. Mi irrita este silencio continuado. Miro a la calle a través del cristal. La tarde amenaza lluvia. Ya percibo el olor dulzón y triste del asfalto mojado.

Amigo mío, está claro que voy a tener que comenzar yo el primer asalto. Calculo con estrategia mi primer golpe de estoque verbal. Le apunto directo al pecho, sin contemplaciones:


- ¿Me vas a contar qué está pasando por esa cabeza tuya? Me tienes preocupado.

“Venga, devuelve el toque, estoy en guardia”, pienso.

Me mira a los ojos con mirada inexpresiva, como la de aquella señora esperando con paciencia el autobús de Torrecárdenas. J.M. sonríe imperceptible y me dice:

- En realidad no tengo gran cosa que decirte. El piso se me caía encima y necesitaba salir a dar una vuelta.

Ahora el que tiene mirada inexpresiva soy yo. Mirada de gato vagabundo en tardes que amenazan lluvia. Ahogo un suspiro (o un maullido) y me derrito en el silencio. Uno se queda solo sin entrar en detalles...


© Francisco Vargas (8-junio-09)




VENTANAS.

Desde mi ventana iba leyendo uno a uno, a veces de dos en dos, los rótulos en relieve que aparecían en esas extrañas ventanas hacia adentro.

Algunas palabras tenía que adivinarlas, casi, ya que las flores apenas me dejaban verlas, otras era el sol quien clavaba sus reflejos en sus formas metálicas y me impedían leer, haciendo que dirigiese la mirada hacia abajo para comprobar unos cabizbajos y encorvados seres con hábitos negros que musitaban una letanía casi imperceptible, entre musical y gutural.... (sí, eso... Música gutural) y que caminaban de un lado a otro de los alargados pasillos pareciendo ignorarse entre ellos, como pequeñas islas de oscuridad en la luz ¿En la luz?.

Fue un momento, pero tuve que volver a mirar aquellos carteles que me llamaban poderosamente la atención, y que no tendrían nada de raro si no fuese porque estaban escritos... ¿Dije lo de las ventanas?, pues eso, en esas ventanas que no dejaban ver nada de lo que había al otro lado, pero en las que yo sabía que algo tenía que haber...

Y lo de su colocación, eso sí que era un capricho, todas cuadradas, colocadas matemáticamente como si de un fractal se tratara.

De pronto un sabor amargo se apoderó de mi garganta, como sangre seca mezclada con polvo. Uno de esos seres levantó la cabeza para mirar hacia mi ventana, en su cara se adivinaban claramente los rasgos de haber sido en algún momento un humano. Le oí decir claramente (ya no musitaba) algo que para mí era fatalmente familiar: uno se queda solo sin entrar en detalles.

Lo peor, lo que me sentó verdaderamente mal, lo que me hizo sentir ese sabor amargo que me paralizó las cuerdas vocales de mi garganta y de mi mente hasta tal punto que me impidió seguir leyendo más carteles; lo que me hizo ver sin ver lo que había al otro lado de cada ventana, fue lo que dijo otra de esas islas de oscuridad que pasaba por allí.

Ignorándose entre ellas, casi rozándose dejó volar su voz diciendo: otro epitafio más.



© Jacinto Barragán Vicaria (Junio, 2009)


08 junio 2009

Mario Benedetti: “ Contra el optimismo no hay vacunas”.


Pequeña contradicción

          Homenajeando a Mario Benedetti


¿Usted ha pensado alguna vez
en ese incrédulo y arduo
momento del día,
en que todo nos parece imposible,
un pasillo sin final?


¿Ha sido consciente de ese amanecer
entumecido y doloroso, frío y
humillante de un invierno
sin su ropa en el cajón?


Me pregunto si a usted
le ha pasado alguna vez al abrir
la ventana, y sentir el viento golpear
en su cara, ese dolor
punzante y rotundo, que
provoca la soledad.


No sé si usted conoce,
o sabe que dicen que contra

el optimismo no hay vacunas.

Por eso todos
estos pensamientos me abandonan
enseguida, imaginando

sus manos, de usted, deslizarse
sin prisa bajo el edredón
de mi piel.



© Virginia Fernández. “Pequeña contradicción”
Cabo de Gata, (Almería), 30 de Mayo de 2009





Benedettiana.


Otra noche en blanco,
de estar sin ti contigo.
Pronuncio tu nombre y suena a cáscara vacía.
Flota en la sien, como aceite en el agua,
mi última impresión de ti. Rastro de tu rostro
que apenas es un relámpago sobre el pergamino
de mi frente. He visto muchas lluvias caer
mientras tú estabas en otro lugar.


Otro lugar siempre.

Llamas a deshora y me dices
no sé qué de que no puedes venir.
Tampoco hoy puedes venir.
Aquí estoy yo incordiando a la noche,
levantando un altar de paganos clamores,
con esta duda de ser o no ser.
Tiemblo como un niño abandonado
sin nombre y sin memoria.

Naufrago en mi piel, en otro tiempo fértil
de la saliva de tus besos.


Y a pesar de ser muchas las noches, muchas;
muchas las promesas, muchas;
muchas las quimeras, muchas...
Estoy seguro de que me necesitas.


Elevo mis ojos, silencio el instinto,
escucho en las curvas de la noche
las palabras del buen Don Mario:
Contra el optimismo no hay vacunas”.



(C) Francisco Vargas (3-junio-09)





El amor de un padre.


- Come, de una vez – Le insta el padre, a su pequeño, aunque con el mismo resultado de las veces anteriores.

La papilla no puede estar caliente. Hace más de hora y media que fue preparada y desde entonces, intacta, ha habido tiempo suficiente para que tome la temperatura ambiente. Grumos es imposible que tenga, dado el número de veces que ha sido batida en sentido horario; el mismo que en sentido antihorario. Aspecto éste muy a tener en cuenta, ya que por mano de pecado, la ciencia, obrando en contra de las buenas relaciones paterno-filiales, podría favorer la formación de aquellos, los grumos se entiende, de no extremar cuidados en tan magna empresa, la de batir la papilla el mismo número de veces en sentidos contrarios.

El entendimiento a muy temprana edad, sobre todo en los primeros meses, es escaso en cuanto a diálogo y razonamiento se refiere. Ante lo cual siempre se puede optar por la forma imperativa algo más subida en decibelios para conseguir un fin determinado. Técnica a la que se ve abocado el sufrido padre.

El tierno bebé, dando muestras de una sensibilidad que con el tiempo será orgullo de sus progenitores, primero hace gestos confusos y muecas que terminarán en una serie de alaridos, descompasados por lo demás, a pleno pulmón. Momento en el cual se puede apreciar, perfectamente, que los incisivos superiores e inferiores en número de dos, despuntan graciosamente. Pero el padre lo aprovecha para introducir repetidamente la cuchara, colmada, en las fauces del mencionado tenor; que va apagando el cántico en una especie de gorgojeo con pausa brusca impuesta por la necesidad de aspirar.

Los instantes siguientes son de espera. Y casi inmediatamente, esta linda promesa del canto, irrumpirá con nuevos alaridos, más fuertes si caben, acompañados de una distribución totalmente homogénea de papilla por todos los enseres circundantes en dos metros a la redonda; lo cual incluye indumentaria del padre, paredes y techo.


El padre, optimista, cree que aun puede rescatar algo del necesario alimento, a la vez que se da cuenta de que paredes y techo estaban precisando de una mano de pintura. Y es que contra el optimismo no hay vacuna.


(c) Lorenzo

Reinhart: “Lo bello es ese sabor efímero en la punta de la lengua como si fuera para siempre”.


Presencia

Lo bello es ese sabor efímero en la lengua,
ese color de tu piel reflejado en mis ojos,
anaranjado y brillante,
expectante e irracional,
diría metamorfósico, o incluso irreal.
Ese sabor bello y ambiguo,
arrastrando a su paso cuán huracán,
arrebatadora presencia,
qué más decir,
simple,
pero irremediablemente necesario,
así, ya está,
no más palabras,
punto y final.


© Virginia Fernández “Presencia”
Almería 14/05/09







Por ti

He venido a esta ciudad por ti.
He respirado las calles absortas de inquieta humanidad.
He olvidado el azul del cielo
por el negro de tus ojos.
No hay reproches.
Fue una apuesta. He perdido.
Sangre atónita, cuerpo inerte.
Me escurro lentamente entre las alcantarillas
de esta ciudad de olvido. Como niebla o humo de ajenos cigarrillos.
Camino de infierno o soledad de luces
en la madrugada.
Un beso tuyo, eso me basta.
Y el consuelo de saber que “lo bello es ese sabor efímero
en la punta de la lengua como si fuera para siempre”.
Vine a esta ciudad por ti.


(c) Francisco Vargas, Aula 15 (14 de mayo de 2009)







Él / Ella


Como cada jueves él pasó a recogerla en la misma esquina de siempre; ella lo esperaba paciente como de costumbre.

Él paró, se fijó en su falda muy corta. No podía disimular que no era de su agrado. Ella le adivinó el pensamiento, pero no se molestó en argumentarle, una vez más, que era más cómodo para su trabajo y del gusto de los clientes.

Al subir al coche, él la recibió con un saludo agradable, ella con una sonrisa y un beso. Él le pidió preferencias, ella eligió cenar y él pensó que mejor en casa.

La cena fue rápida, la sobremesa lenta. Postres no hubo, así que la conversación inició temprana. El camino al dormitorio nunca tuvo obstáculos. De preámbulos y eufemismos nadie se acuerda.

En la cama, el hablar es de otro modo, él le dice algo, ella le escucha todo. Sus ojos, los de ella, despiertos lo analizan, lo estudian, le ayudan a pensar, a decir, a sincerarse, a liberarse de todo aquello que no puede. Y analiza, ella, todo lo que él le cuenta, para formar así composición de lugar, personas y sentimientos.

Al encender la mañana, él duerme tranquilo con el corazón liberado. Ella se levanta, se viste, recoge su dinero de dónde él suele dejárselo. No es mucho lo que así consigue, pero “lo bello es ese sabor efímero en la punta de la lengua como si fuera para siempre” que le deja el buen decir.


(c) Lorenzo