08 junio 2009

Mario Benedetti: “ Contra el optimismo no hay vacunas”.


Pequeña contradicción

          Homenajeando a Mario Benedetti


¿Usted ha pensado alguna vez
en ese incrédulo y arduo
momento del día,
en que todo nos parece imposible,
un pasillo sin final?


¿Ha sido consciente de ese amanecer
entumecido y doloroso, frío y
humillante de un invierno
sin su ropa en el cajón?


Me pregunto si a usted
le ha pasado alguna vez al abrir
la ventana, y sentir el viento golpear
en su cara, ese dolor
punzante y rotundo, que
provoca la soledad.


No sé si usted conoce,
o sabe que dicen que contra

el optimismo no hay vacunas.

Por eso todos
estos pensamientos me abandonan
enseguida, imaginando

sus manos, de usted, deslizarse
sin prisa bajo el edredón
de mi piel.



© Virginia Fernández. “Pequeña contradicción”
Cabo de Gata, (Almería), 30 de Mayo de 2009





Benedettiana.


Otra noche en blanco,
de estar sin ti contigo.
Pronuncio tu nombre y suena a cáscara vacía.
Flota en la sien, como aceite en el agua,
mi última impresión de ti. Rastro de tu rostro
que apenas es un relámpago sobre el pergamino
de mi frente. He visto muchas lluvias caer
mientras tú estabas en otro lugar.


Otro lugar siempre.

Llamas a deshora y me dices
no sé qué de que no puedes venir.
Tampoco hoy puedes venir.
Aquí estoy yo incordiando a la noche,
levantando un altar de paganos clamores,
con esta duda de ser o no ser.
Tiemblo como un niño abandonado
sin nombre y sin memoria.

Naufrago en mi piel, en otro tiempo fértil
de la saliva de tus besos.


Y a pesar de ser muchas las noches, muchas;
muchas las promesas, muchas;
muchas las quimeras, muchas...
Estoy seguro de que me necesitas.


Elevo mis ojos, silencio el instinto,
escucho en las curvas de la noche
las palabras del buen Don Mario:
Contra el optimismo no hay vacunas”.



(C) Francisco Vargas (3-junio-09)





El amor de un padre.


- Come, de una vez – Le insta el padre, a su pequeño, aunque con el mismo resultado de las veces anteriores.

La papilla no puede estar caliente. Hace más de hora y media que fue preparada y desde entonces, intacta, ha habido tiempo suficiente para que tome la temperatura ambiente. Grumos es imposible que tenga, dado el número de veces que ha sido batida en sentido horario; el mismo que en sentido antihorario. Aspecto éste muy a tener en cuenta, ya que por mano de pecado, la ciencia, obrando en contra de las buenas relaciones paterno-filiales, podría favorer la formación de aquellos, los grumos se entiende, de no extremar cuidados en tan magna empresa, la de batir la papilla el mismo número de veces en sentidos contrarios.

El entendimiento a muy temprana edad, sobre todo en los primeros meses, es escaso en cuanto a diálogo y razonamiento se refiere. Ante lo cual siempre se puede optar por la forma imperativa algo más subida en decibelios para conseguir un fin determinado. Técnica a la que se ve abocado el sufrido padre.

El tierno bebé, dando muestras de una sensibilidad que con el tiempo será orgullo de sus progenitores, primero hace gestos confusos y muecas que terminarán en una serie de alaridos, descompasados por lo demás, a pleno pulmón. Momento en el cual se puede apreciar, perfectamente, que los incisivos superiores e inferiores en número de dos, despuntan graciosamente. Pero el padre lo aprovecha para introducir repetidamente la cuchara, colmada, en las fauces del mencionado tenor; que va apagando el cántico en una especie de gorgojeo con pausa brusca impuesta por la necesidad de aspirar.

Los instantes siguientes son de espera. Y casi inmediatamente, esta linda promesa del canto, irrumpirá con nuevos alaridos, más fuertes si caben, acompañados de una distribución totalmente homogénea de papilla por todos los enseres circundantes en dos metros a la redonda; lo cual incluye indumentaria del padre, paredes y techo.


El padre, optimista, cree que aun puede rescatar algo del necesario alimento, a la vez que se da cuenta de que paredes y techo estaban precisando de una mano de pintura. Y es que contra el optimismo no hay vacuna.


(c) Lorenzo

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