18 junio 2009

Juan Carlos Suñén: "Uno se queda solo sin entrar en detalles".


Di Soledad, o no, disolución.



Uno se queda sólo sin entrar en detalles, así de simple, no nos damos cuenta hasta que lo tenemos encima, eso que llaman soledad, inaudita sensación, aunque nos rodee una multitud de gente, te encontrarás abandonado en medio de un iceberg, restableciendo
el orden de un universo, de repente y sin esperarlo.
A veces es preferible estar en soledad escuchando por ejemplo Summertime, o cualquier otra canción casual, leyendo un libro, o tomando té, que en un gran tumulto o fiesta,

aunque seguramente también estarías muy a gusto manteniendo alguna conversación filosofal con algún amigo que tenderá a colgar el teléfono en ocasiones muy ocasionales, en un futuro próximo, en las que a altas horas de la madrugada le obligues a hacer alguna confesión inconfesable,
y de repente, “zas”.
Otra vez uno se queda solo sin esperarlo.
Ay, ¿Qué decir? irremediable soledad,
¿Qué sería de nosotros sin ti?
Tantas páginas habrá escritas,
tantos adioses,
páginas abiertas a ciertas consideraciones,
y por qué no decir, restablecimiento
de pesares,
adiós soledad.
Finalmente y con conclusión: Di soledad, o no, disolución.






© Virginia Fernández. “Di Soledad, o no, disolución”.
Almería, 11 de Junio de 2009






“Uno se queda solo sin entrar en detalles”.



- Está bien, es una buena hora... En el café de siempre, sí. Allí podemos hablar tranquilamente... Te noto algo agobiado... No será para tanto... Luego damos una vuelta por la Rambla, te hará bien distraerte...

Al otro lado del móvil se oye una mezcla de gruñido y suspiro que pretende ser una afirmación.

Se acerca la hora de la cita. Voy caminando hasta el centro. Me gusta caminar, necesito caminar, concentrarme en cada paso, en cada semáforo, en cada rostro desconocido que me sobresalta un momento y vuelve a desaparecer. Me pregunto una vez más qué le hace estar tan nervioso y preocupado. Evito las calles demasiado transitadas. Cruzo la Rambla fugazmente, allí siempre hay alguien conocido con el que te entretienes charlando unos minutos. No quiero llegar tarde, esta vez parece importante. Un amigo me necesita, lo dejo todo y acudo, ya veré cómo puedo ayudar. A la altura de la Avenida de la Estación miro fugazmente el reloj. Aquí es, he llegado.

El día se va poniendo oscuro y espeso, como el café solo que me acaban de servir. Al otro lado de la mesa J.M. mira fijamente la etiqueta de su Mahou (no había Cruzcampo, se siente). Parece que quisiera encontrar ahí escritas las palabras exactas. Palabras que sean capaz de dar forma a sus pensamientos.


Por un momento pienso que esa mueca de su boca es el gesto ritual de compartir su secreto. De comenzar el juego de las almas comunicantes. Nada... Falsa alarma. Se demora mirando aquí y allá; más allá que aquí. Especialmente ese allá donde una camarera nueva con exceso de rímel se deja acariciar con la vista.

Empiezo a impacientarme visiblemente. Mi taza de café ya está vacía. He agotado todos los temas de cortesía. Mi irrita este silencio continuado. Miro a la calle a través del cristal. La tarde amenaza lluvia. Ya percibo el olor dulzón y triste del asfalto mojado.

Amigo mío, está claro que voy a tener que comenzar yo el primer asalto. Calculo con estrategia mi primer golpe de estoque verbal. Le apunto directo al pecho, sin contemplaciones:


- ¿Me vas a contar qué está pasando por esa cabeza tuya? Me tienes preocupado.

“Venga, devuelve el toque, estoy en guardia”, pienso.

Me mira a los ojos con mirada inexpresiva, como la de aquella señora esperando con paciencia el autobús de Torrecárdenas. J.M. sonríe imperceptible y me dice:

- En realidad no tengo gran cosa que decirte. El piso se me caía encima y necesitaba salir a dar una vuelta.

Ahora el que tiene mirada inexpresiva soy yo. Mirada de gato vagabundo en tardes que amenazan lluvia. Ahogo un suspiro (o un maullido) y me derrito en el silencio. Uno se queda solo sin entrar en detalles...


© Francisco Vargas (8-junio-09)




VENTANAS.

Desde mi ventana iba leyendo uno a uno, a veces de dos en dos, los rótulos en relieve que aparecían en esas extrañas ventanas hacia adentro.

Algunas palabras tenía que adivinarlas, casi, ya que las flores apenas me dejaban verlas, otras era el sol quien clavaba sus reflejos en sus formas metálicas y me impedían leer, haciendo que dirigiese la mirada hacia abajo para comprobar unos cabizbajos y encorvados seres con hábitos negros que musitaban una letanía casi imperceptible, entre musical y gutural.... (sí, eso... Música gutural) y que caminaban de un lado a otro de los alargados pasillos pareciendo ignorarse entre ellos, como pequeñas islas de oscuridad en la luz ¿En la luz?.

Fue un momento, pero tuve que volver a mirar aquellos carteles que me llamaban poderosamente la atención, y que no tendrían nada de raro si no fuese porque estaban escritos... ¿Dije lo de las ventanas?, pues eso, en esas ventanas que no dejaban ver nada de lo que había al otro lado, pero en las que yo sabía que algo tenía que haber...

Y lo de su colocación, eso sí que era un capricho, todas cuadradas, colocadas matemáticamente como si de un fractal se tratara.

De pronto un sabor amargo se apoderó de mi garganta, como sangre seca mezclada con polvo. Uno de esos seres levantó la cabeza para mirar hacia mi ventana, en su cara se adivinaban claramente los rasgos de haber sido en algún momento un humano. Le oí decir claramente (ya no musitaba) algo que para mí era fatalmente familiar: uno se queda solo sin entrar en detalles.

Lo peor, lo que me sentó verdaderamente mal, lo que me hizo sentir ese sabor amargo que me paralizó las cuerdas vocales de mi garganta y de mi mente hasta tal punto que me impidió seguir leyendo más carteles; lo que me hizo ver sin ver lo que había al otro lado de cada ventana, fue lo que dijo otra de esas islas de oscuridad que pasaba por allí.

Ignorándose entre ellas, casi rozándose dejó volar su voz diciendo: otro epitafio más.



© Jacinto Barragán Vicaria (Junio, 2009)


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